No puedo dejar de pensar en esos “ya he llegado” que nunca pudieron enviarse, en las llamadas sin respuesta, en las familias mirando una pantalla con el único deseo de que lo que están viendo no sea real.
Pienso en los besos que se quedaron a medio camino entre Madrid y Sevilla. En los “te quiero” que no llegaron a decirse, en los que se dieron por sabidos, y en los que quedaron para luego.
Pienso, sobre todo, en todas esas personas que ayer salieron de casa con la certeza cotidiana de que volverían a ella.
Y entonces pienso en mi trabajo.
Nos pasamos la vida hablando de riesgos. Ponemos precio a casi todo. Aseguramos edificios, máquinas, mercancías. Calculamos pérdidas de beneficios. Cubrimos responsabilidades, daños, interrupciones de negocio. Somos capaces incluso de asegurar las consecuencias económicas de que un tren llegue tarde.
Tenemos pólizas que reconstruyen fábricas enteras.
Pero no existe ninguna que reconstruya una familia.
No hay indemnización que devuelva un último abrazo. No hay capital asegurado que compre cinco minutos más. No existe suplemento que permita añadir aquello que olvidamos decir. Ni cobertura que garantice volver a escuchar una voz, celebrar otro cumpleaños o soplar una vela más.
Porque detrás de las cifras de una tragedia hay algo que quienes trabajamos con riesgos nunca deberíamos olvidar: no hay 68 números. Hay 68 personas. Con nombre y apellidos. Con una casa a la que pensaban regresar. Con alguien que las esperaba.
Y quizás por eso hoy pienso que el riesgo más grande de todos es vivir convencidos de que siempre habrá un después.
Ojalá pudiéramos detener la vida un instante antes de que sucedan estas cosas.
Dar ese último beso. O quizás el primero.
Quedarnos un segundo más en ese abrazo del que normalmente nos soltamos demasiado pronto. Apretar un poco más fuerte. Inhalar su olor un poquito más hondo.
Decir “te quiero” aunque ya lo sepan.
Llamar.
Perdonar.
Quedarnos cinco minutos más.
Porque hay riesgos que podemos prevenir, transferir o asegurar.
Pero la vida no admite renovación.
Y hay personas que, cuando faltan, dejan un vacío para el que todavía no hemos inventado ninguna cobertura.
Ojalá no tenga que volver a escribir algo así.
Y, sobre todo, ojalá hoy todos abracemos un poco más fuerte a quien todavía podemos abrazar.
Un alma sin cobertura
Olaya Porto Castañón
Gerencia de riesgos de ARCELORMITTAL en España
